jueves, junio 23, 2005

CARLOS BARBARITO: Ante la 3ª edición (Montebarna Ediciones, Barcelona 1999)de Desvuelo de Héctor Rosales



¡Cómo cambió la poesía! - me dijo, con los ojos asombrados, un viejito. Desde sus días rubendarianos hasta hoy la poesía, obviamente, cambió y desde los horrores, de los campos de concentración ajenos y propios -de todos modos propios- aún más. Creo yo que el cambio fundamental está, o estaría, en la caída definitiva del velo, en la desaparición de la ingenuidad, de la muerte de una concepción -anunciada por Baudelaire y Rimbaud- en la que el poeta adquiere nuevos ojos y su oficio cobra la dimensión de una experiencia total, que lo involucra con lo que escribe y con el mundo en el que vive.

A fines del siglo XX, por múltiples razones, gran parte de las personas conciben a la literatura con parámetros decimonónicos. A esto hay que sumar la "retirada" de la poesía del primer plano en medios e instituciones, un repliegue de causas complejas que la convierten en un género casi invisible, subterráneo, y a quienes lo profesan en raras aves, especies de alquimistas en sótanos remotos.

Pero la poesía vive, acaso tenga más vida que otros géneros en apariencia difundidos y vendidos hasta el hartazgo. Incluso, tenga más futuro, más aire para respirar, que otras manifestaciones literarias a las que se le dedican suplementos dominicales en diarios de gran tirada. Digo, me arriesgo a decir: si la poesía muere, muere la literatura porque la poesía es más que un modo, una forma, es base, peso, medida y soplo sin los que lo literario se convierte en odre desinflado, en cáscara seca.

Desvuelo manifiesta en su corpus los arañazos de la historia. Sabe de la angustia y la desesperación y lo manifiesta en palabras que se funden unas con otras, se rompen a la mitad, sufren distorsiones y, de un modo visible, comparten con quien las escribió el sentimiento de la distancia. Los poetas aquí y ahora -digo- estamos lejos, confinados a la distancia, estemos o no en el lugar de nacimiento, esto no importa. Cada libro, cada poema, cada línea de cada poema de cada libro, así lo manifiesta: hay una mano que se tiende y no alcanza, hay un ojo que no alcanza a ver más allá de la bruma, hay una piedra que se arroja a lo profundo y no oye el contacto del objeto con el agua o la tierra. Héctor Rosales, como cada poeta auténtico, como cada hombre o mujer que se pone el alma y sale, como dice Vallejo, convierte su poesía en una ceremonia de desnudos, en ritual de descalzos, en inventario de dolores y esperas.

Y nada de iluminaciones. Apenas la luz de una linterna con las baterías casi gastadas que emite su lucecita desde lo oscuro. Lo milagroso es que esa tenue, mísera luz atraviesa océanos en penumbra y nos alcanza justo cuando creemos que el telón cayó y ya no queda sueño alguno por soñarse.