jueves, junio 23, 2005

Carlos Barbarito: CANTO ERRANTE DE MERCEDES ROFFÉ

Ayer, mientras caminaba hacia mi casa, pensaba en qué cosa es -o podría llegar a ser- un poeta aquí y ahora. Si bien desde siempre, con frecuencia, hay días en los que la sola idea de que escribo poesía me llena de perplejidades - incluso llego a olvidarme durante mucho tiempo de que poseo tal capacidad -, las circunstancias actuales me obligan a pensar en cierto oficio fantasmal, casi invisible. Qué decir de quien profesa tal arte en estos tiempos y lugares. Uno llega a creer que en cualquier instante acabará por evaporarse junto con su oficio. La pregunta - entonces - es: ¿cómo lograr que persona y obra adquieran la necesaria consistencia antes de que todo se convierta en humo?. Estamos situados, todos, en un límite. A nuestro alrededor, ahora recurro a Artaud, la oscuridad se hace profusa y sin objeto. Y fue ayer, al llegar a mi casa, cuando encuentro un sobre dentro del que me esperaba el último libro de Mercedes Roffé. Un libro es un libro, le respondí por correo electrónico casi de inmediato, pero también es gota de láudano, en el sentido de que nos permite saber que, al menos, en alguna otra parte, hay uno o una que persiste, pugna por dotar a su tarea de más materialidad para evitar que el viento de la coyuntura la disipe y disipe a quien la lleva a cabo.

Me entero de que Canto errante -tal el título del libro - tuvo que aguardar más de una década para ser publicado. Sé de estos avatares - casi todos los que escribimos lo sabemos - que, en general, obedecen a dificultades para la publicación; aunque no debemos descartar la decisión del propio autor. De todos modos, tengo cierta fascinación por los libros que debieron esperar - como el vino dentro del tonel de roble-, porque me traen sugerencias de frutos que maduran, de amantes que aguardan el instante oportuno para celebrar su dicha. A menudo la espera se nota, como se nota el apuro; en este libro la maduración trajo, entre otras cosas, prolijidad, una casi total falta de ripio y asperezas, sin que por ello cada poema quede convertido en algo frío, sin novedad o sorpresa.

Lo primero que me llamó la atención en la poesía de Roffé es su lenguaje. Se trata de un lenguaje antiguo ( habíais develado, doncel/albo y luminoso, piedras nefandas...) que podría ser visto como un anacronismo sino fuera porque, bajo cada verso, en lo profundo, subyace un pulso propio de esta época. Entonces, deliberado uso de recursos del pasado, reciclado, para dar cuenta de lo contemporáneo. Mercedes Roffé sabe que, por más que recurra a formas y figuras pretéritas, acaso porque a este idioma lo desinflaron, vaciaron, despojaron de resplandor, soplo e imantación, no hay para ella un tiempo más que éste y es de este mundo que habla, a este mundo celebra o padece.

Me detengo en un poema que comienza: Ella dibuja su retrato en el filo de la noche... Aquí hay una sucesión de imágenes que me atrae particularmente. Una mujer danza sobre un porquerizo, entre olores, para inaugurar en su cuerpo la fiesta de los cuerpos. Se trata de una ceremonia de iniciación, una celebración a partir de la cual la vida tiene génesis y desarrollo. A esta festividad original todo es convocado - canastas, hierbas, leche de animales muertos, novias, amantes, panes, incienso...- e, incluso, la misma muerte es invitada. El objetivo es el conjuro, invertirlo todo a través del baile. La danza entre los restos, sobre lo que queda, sobre un divinal porquerizo, significa, como bien anota Reynaldo Jiménez en la contratapa del libro, celebración del misterio, acaso uno de los últimos refugios de que disponemos ante los embates de una Razón irracional, devastadora, cruenta.

Es verdad lo que dice Jiménez: estamos desterrados en el lenguaje, las palabras, así, resultan desesperados instrumentos de exiliados que, la urgencia, la angustia, el estar en un territorio siempre extranjero, a la intemperie, muestran inequívocos signos de oxidación, herrumbre, cada palabra desnuda costuras, está ajada, roída. Este libro no dice otra cosa que esto y dice más, en la misma dirección y sentido, ahonda en ese misterio-refugio, busca desnudez más allá de la desnudez. Ahora, ¿qué es, cómo está conformado este lenguaje que tenemos, el único que tenemos? Yo hablo de obra menor para referirme tanto a lo que hoy se escribe -en general- como cuanto hago desde siempre. Me explico. Hubo un tiempo, acaso mítico, tanto como la Edad Dorada, en que la poesía era esfera cerrada y manifiesta. Correlato de una ciencia, pienso en la Física, que apenas si se permitía ciertas correcciones. Un edificio acabado, o casi, al que había que mantener pintado y con los vidrios limpios. Y sucedió que comenzó esa arquitectura a agrietarse y, finalmente, cayó. Aquí, ese proceso tuvo lugar no en el momento en que se iniciaron las vanguardias locales -en general fenómenos epigonales- sino más tarde, a mediados de los 70, cuando el hasta entonces conformado sistema poético sufrió los embates de una realidad de extrema, inédita crueldad. Los resultados están a la vista, la poesía padeció esos dientes, garras, uñas, dentelladas, se pobló de exorcismo más que de conjuros (Mercedes Roffé usa esta última palabra con frecuencia), de preguntas sin respuestas, se oscureció, se fragmentó, se convirtió en zona de ruinas, de escombros. Aún hoy, la poesía es oficio entre ruinas, escombros, una obra menor si la comparamos con aquella Arquitectura sólida, segura, autosatisfecha, que tiene como horizonte, difícil tarea, no imposible, de superar el presente para encontrare un lenguaje del futuro. En esa dirección se encamina este libro, muchos otros libros, no sin angustia, dudas, temblores, contradicciones.

Este libro, que está fechado durante aquellos horribles años oscuros, escrito en dos ciudades, Madrid y Buenos Aires, conforma un palimpsesto - bien observado por el anotador de la contratapa y difundido en la poética de los últimos veinte años al menos-: anotaciones superpuestas como capas arqueológicas, que deben leerse como el explorador cava con su pala, de a una, con sumo cuidado de no dañar el tesoro. Pero un tesoro no joyoso, valuable en libras o dólares, sino posibilidad de alguna llave, de algún pasaje hacia alguna parte. Fragmentos/ Sólo fragmentos... escribe Roffé. Máscaras, piedras, sierras, despeñaderos, vientres y tormentas, pedazos de mundo y no el Mundo. Y quien escribe que se llama a sí misma peregrina, profeta de la muerte de los dioses, espectadora del paso de las barcas de la locura, y, en el fondo sabe que es, apenas, como cada uno de nosotros, acróbata, ciega, que, en su desesperación y soledad, dice: ...si al menos existieras...