jueves, junio 23, 2005

Carlos Barbarito: DOS LIBROS

Lazzaroni, Anahí. A la luz del desierto. Último Reino, Buenos Aires, 2004.

Pilía, Guillermo. Ópera flamenca. La Plata, Hespérides, 2003.

Recibí dos libros de poemas. Uno, A la luz del desierto, escrito por Anahí Lazzaroni; otro, Ópera flamenca, obra de Guillermo Pilía. Ambos escritores oriundos de La Plata —Lazzaroni reside en Ushuaia—; la primera nació en 1957 y el segundo, en 1958. Esta reseña que presento a los lectores constituye una invitación a la lectura y sólo eso. Dejo para los críticos una indagación más profunda; mi única pretensión es la de anotar alguna cosa, hacer notar alguna otra.El libro de Anahí Lazzaroni muestra en su portada una pintura de Dosso Dossi, Júpiter y Mercurio. Sé poco y nada del pintor —en las voluminosas historias del arte que poseo pasa casi desapercibido— y aun menos de la obra que se reproduce. En ella se ve al dios pintando una mariposa en vuelo mientras a sus espaldas Mercurio le pide a Iris, la mensajera, que haga silencio. Me parece una síntesis acabada de lo que la actividad poética es para la autora: una profunda, concentrada labor, que precisa, como el sediento del agua, que a su alrededor haya silencio. La contradicción radica en que ese silencio no existe y entonces la poesía debe ser escrita en medio de los ruidos del mundo y lo que debiera tener la forma de vacas mansas cruzando un campo se crispa, se angustia y se quiebra. No es, como imaginan los otros, una más o menos plácida temporada en una casa con maderas claveteadas y junto al fuego; a pesar suyo, no se trata de una descripción del silencio que los otros no recuerdan o nunca conocieron, por más que la autora resida en el sur del sur, en Finisterre. Mientras cae lluvia fría o nieve, cerca de la casa, en las calles, se libra la misma y terrible batalla.Sí, como dice José Emilio Burucúa, la poesía de Lazzaroni es ascética —práctica y ejercicio de la perfección— y para cumplir con su cometido concentra, destila, lima, pule. No se trata de una práctica común en estos tiempos, todo lo contrario. No es posible tal ascetismo verbal sin sufrimiento. Porque la palabra, cada palabra a la que se trabaja hasta el límite, no se presenta a los ojos del poeta mansa, tratable, domesticada, aparece embestida, en dificultades. La fundación de la escritura —todo poeta, si auténtico, es fundador— es ejercicio doloroso, paciente. Dolor y paciencia que atraviesa las páginas del libro.Una noche, en viaje por la Patagonia, desperté y vi el cielo lleno de constelaciones; al fondo, entrando a la oscuridad, una escollera apenas iluminada. Sentí que había llegado al Fin del Mundo. Y no, faltaba mucho para eso todavía. Al final del largo camino, o casi, Anahí Lazzaroni vive y escribe sabiendo que un poema es un paisaje hecho sin los delgados pinceles de la felicidad, pero escribe ese paisaje porque, de no hacerlo, lo sabemos, seríamos aun más fáciles presas de los perros negros, las aves de presa, las lluvias del invierno.Guillermo Pilía recorre, por enésima y primera vez, el mundo de la infancia. De nuevo voy a hablar de una poesía trabajada, pulida, que esconde bajo su serena superficie una gran carga de angustia. Pocas veces antes me encontré con una descripción tan descarnada de la niñez, sin golpes bajos, y digo descarnada porque si aquí algo hay es sinceridad, profunda verdad, un diálogo franco y sin disimulos con el lector. Ya de entrada unos versos (Yo estaba acostumbrado en esos días / a dormir sin temor junto a los muertos / y me había olvidado —o ignoraba— las formas de habitar entre los vivos) me sorprendieron. No estaba, lo supe desde el comienzo, en los dominios de una infancia edulcorada y llana, estaba ante una infancia enfermiza, con un mal de nacimiento.El libro de Pilía es una larga y dura travesía hacia la sanidad. La imagen es clara: desde la compañía de los muertos hasta la anchura y luminosidad de la vida. Desde el encierro, el ocultarse, las bandadas de murciélagos en el parque hasta lo que bulle, late y pronuncia milagros. Como Lazzaroni, como yo mismo, Pilía encuentra la llave en las palabras y lo dice de un modo convincente, certero: Y sin palabras —se ha dicho— no existe / vida o muerte: sólo vértigo o miedo.Un aspecto que no quiero pasar por alto en la obra del poeta es su permanente inventario de los objetos que habitan en sus recuerdos. Cito algunos pocos: el zumbar de los mosquitos, la brasa del piretro, la albahaca, la goma negra de un gotero, los fósforos de cera, los grillos, las perchas, las cigarras. Todo dentro del mundo que era la casa, grande como el mundo, sin conciencia y sin relojes. Una casa que parece ahora sepultada y sin embargo reaparece en los sueños, en el poema, en las fugaces visiones mientras se pasea por la calle. Pilía parece decirnos —parafraseando a Kavafis— la casa te seguirá. Sí, es verdad, pero, también nos dice, hace tiempo abrí la puerta y salí, dejé atrás la casa, sus muebles y objetos, ahora la tarea en la que estoy empeñado es comer el pan / grumoso y ácido de la existencia, amasar el pan que nos preserve / de la disolución y el olvido.¿Es otra la tarea del poeta sino la del alto y empeñoso panadero, la del alto y empeñoso comensal?Claro, ahora andan los relojes, se los oye funcionar en el silencio de la noche. Y la conciencia se aferra a nosotros como el musgo al húmedo muro.

Publicado en Letralia