jueves, junio 23, 2005

Carlos Barbarito. Figuras desde Lezama Lima

Me gusta fumar tabacos. Fumo tabacos desde que tengo 19 años. Y una de las cosas que más me ha acompañado es esa preferencia. Recuerdo, en una ocasión, haber visto una fotografía en que Paul Valéry (un gran fumador de pitillos, igual que su maestro Stephan Mallarmé) jugaba con el humo entre los dedos, como si el humo articulase un lenguaje secreto y llegase a animarle y ofrecerle una conversación. Lenguaje del humo: en columna, símbolo del camino de la hoguera hacia su sublimación; alma separada del cuerpo; relación entre la tierra y el cielo. A tiro de piedra del Paseo del Prado, fuma y escribe: El humo que se destrozó en el crepúsculo / al apuntalar los tejados escalonados, / cómo reaparecerá. Si todo es fugaz, fugitivo, ¿qué decir del humo? Más inseguro que el barro, su antítesis, participa por un instante de la respiración y, finalmente, casi enseguida, se pierde. Mientras dura, mezclado con el aire quieto de la habitación, surge la imagen de una casa, de otra casa, acaso más verdadera, a cuyo frente no puede aparecer el gamo que apuntalaba el cielo, pero sí, dentro de ella, como vistos a través de cristal esmerilado, el cuerpo ceñido por un hilo, un hilo, una cuerda donde el hombre salta. El hilo, otro modo de ser del humo, conexión pasajera entre la noche y sus fragmentos, la sal y el fuego, el lodo y la cal, el cuarzo y la sandalia, el unicornio y la mariposa, en fin, entre la carne y la luz que lo aligera. Ahora busca un espejo. Cada espejo es remolino y refleja siempre una mano que se hunde en el agua. Pero, además, está el fulgor. Lo que lleva, de pronto, a subrayar en un pasaje cien veces visto y en la vez cien recién descubierto, una frase: Sucede, quieras o no quieras. Suceden la evaporación, las burbujas, el golpe del martillo, el ornamento, la lengua del ofidio, el azar y la caída, el clavo del que cuelga el sombrero, el coral, el vino de las cavernas —que sólo bebió Rimbaud—, el tedio, el bosque, Klimt, la exhalación, la quimera, el dialecto. Y todo, cada cosa, humo nacido en el estío, y que acabará en el invierno, como odios que se diluyen como por debajo del mar.

Publicado en http://www.letralia.com/105/articulo01.htm