miércoles, junio 22, 2005

Carlos Barbarito: Mi Kierkegaard

Ciertas mañanas voy a un café —siempre el mismo— y allí, durante hora y media, antes de ir a mi trabajo, leo. Hoy, por enésima vez, elegí El universo singular, un pequeño escrito de Sartre sobre Kierkegaard, de principios de la década de los sesenta. Mientras lo leía pensaba de qué manera, que no alcanzo a explicarme del todo, el pensamiento del danés influencia desde siempre cuanto escribo. Y mi asombro se debe a que no leí lo suficiente de su obra y sin embargo encuentro nítidos reflejos de ella en mis poemas e, incluso, lo que me sobresalta, me enfrento por primera vez con pasajes suyos que, de un modo u otro, constituyen la materia prima de poemas que escribí hace años.
Así, su afirmación: Mi propia no—verdad (que, para Sartre, al menos en lo inmediato, dice, se transforma en mi verdad) sólo puedo yo descubrirla; en efecto, no es descubierta más que cuando soy yo el que la descubre; antes no está descubierta en modo alguno, aunque el mundo entero la haya sabido, puede, no tengo dudas al respecto, constituir el emblema de cuanto hice en literatura desde el comienzo. Cada poema, cada verso de cada poema, es, antes que cualquier otra cosa, el descubrimiento personal de algo que otros sabían antes pero que toma dimensión, valor, peso, medida cuando soy yo quien accede a su conocimiento. Que alguien venga y me diga qué cosa es, o puede ser, el amor, por ejemplo, no significa nada para mí; es preciso que yo mismo lo descubra aunque del amor hablen infinitos libros en infinitas lenguas o desde el alba de los tiempos lo hayan evocado, celebrado infinidad de hombres.
No es prodigio, hecho sobrenatural, Kierkegaard, aunque muerto, sigue siendo contemporáneo desde sus despojos literarios y convive con nosotros porque su palabra aún —y quién sabe hasta cuándo— está impregnada de lo mismo que impregna la nuestra. Y, también, su firme decisión —central en su pensamiento— de ser el Individuo —hasta el extremo de pedir que ello se grabara en su propia lápida cuando muriese— recién ahora se empieza a comprender y, en algún futuro, será entendida cabalmente. No resulta fantástico, de este modo, el hecho de que su impronta atraviese una vasta porción del corpus literario y del corpus filosófico aunque muchos de los escritores y filósofos que le sucedieron no lo hayan frecuentado lo suficiente e, incluso, lo hayan obviado y hasta escarnecido.
Acaso cada poema que escribo es un intento por levantar una casa, la propia, en mitad de la intemperie. Cuando era niño soñaba con una casa y ahora me pregunto si se trataba de una casa en el sentido más corriente —paredes, techo, puertas y ventanas— u otra casa, abrigo más o menos fuerte y duradero contra los vientos y lluvias de la existencia. Me inclino por lo segundo. Kierkegaard pretendió a lo largo de su breve pero intensa aventura construir un mundo —una casa— pero donde pudiese vivir —¿de qué me serviría construir un mundo en el que no fuera a vivir?, se preguntó —. Si escribo es, primero y principal, porque quiero convertir lo que escribo en mi mundo —mi casa— y habitarlo. Si no fuese así, nada haría. Y, como quería Kierkegaard, un mundo— una casa— capaz de pervivir, de superar lo contingente para alcanzar el porvenir. Aunque a veces lo parezca, tal vez por la forma de presentarse, mi poética pareciera hundirse en la fatalidad ciega de los antiguos, pero no. Aún enfrentados a la más feroz de las tempestades, frecuente situación meteorológica en mi literatura, los ojos permanecen abiertos. Si hay llave, revelación más o menos última, alguna edad dorada o cosa semejante, seguro se encuentra adelante y no atrás. Dice Kierkegaard: La concepción moderna debe buscar la libertad hacia delante. Suscribo sin temor estas palabras.
Recién esta mañana, hace unas horas, leo por primera vez esta frase suya: He mirado a los ojos de lo horroroso y no he tenido miedo. En mi La luz y alguna cosa hay más de un poema que sigue esta idea —descubrimiento personal que resulta, otra vez, lo importante aunque alguien, en este caso Kierkegaard, lo haya expresado, con más riqueza y profundidad, antes —. Pero si el danés no manifiesta temor, yo sí. Aquí nos alejamos, el miedo nos aleja uno del otro. Bajo las capas y capas que constituyen mi literatura, hay, debajo, en el fondo, temor, temblor. Tal vez la imagen, recurrente en mi poesía, del niño solo bajo un cielo de relámpagos sea la más adecuada.
Paradoja: a través de mis poemas se puede saber de mí. Y no. A través de lo que escribió Kierkegaard, lo mismo —dice Sartre. El y yo —¿quién no?— tenemos secretos. Lo dijo: se vive en el saber y contra él. Vivo en la poesía y contra ella. El y yo en la vida y contra ella —o lo que nos dicen que es la vida— y, más lejos, y último, en la muerte —él ya muerto— y contra ella —él todavía, yo antes de ella —. Lo digo ahora: quiero ser distinto de mi poesía, no quedar metido en ella, quiero andar por fuera de mi poesía, libre de ella, a salvo. ¿Puedo? Sí y no. Mi poesía está tejida con las mismas fibras que constituyen mi cuerpo. Si corro mi cuerpo en otra dirección la poesía me seguirá por sus ataduras, aunque de lejos me seguirá. ¿Arrancarme la poesía y perder parte de mi carne como Kierkegaard ansiaba arrancarse su religión a riesgo de perder parte de sí mismo? ¿Y para qué? ¿Para disfrutar la vida de otro modo, ver el mundo de otro modo, para ya no sentir el aguijón en la carne?
Pero tenemos secretos. Algunos ni yo mismo los conozco. Y, tal vez, nunca los conozca. Otro, adelante en el tiempo, quizás sí. Y, de algún modo, me los revele aunque yo no esté allí para oírle. Presumo ser, en la poesía, Adán desnudo. Me miento, claro. Aquí un secreto que ahora revelo. Dios se retira. Mira desde lejos y sabe qué acontecerá. Y acontece. Caigo. Describo a cada rato los episodios de esa caída que, lejos de traerme la muerte, me otorga por vez primera densidad y espesor de la vida. Hablo muchas veces de error. Un gran error. Ahora, sin ese error, ¿qué hubiésemos sido? ¿Criaturas toda levedad y transparencia, sin muerte y por ello sin vida?
Todo poema es hija y hermana de la necesidad. Sin la necesidad, no hay poema o hay escrito vacío y desinflado. ¿Necesidad de qué? De apagar la angustia, de cerrarle el paso, sí, pero desde la angustia. De anular el sentimiento del fracaso desde el fracaso. Paradojas. A contracorriente de un momento y húmedos de tiempo presente. Así. Hacia delante aunque el futuro nos parezca una estación helada o, peor, la multiplicación al infinito de actuales terrores.
publicado originalmente en http://d-sites.net/barbarito/español/miscelaneakierkegaard.htm