miércoles, junio 22, 2005

Carlos Barbarito. Sobre la fotografía de desnudos de Cynthia Isakson

I

Escrutar quiere decir explorar: exploro el cuerpo del otro como si quisiera ver lo que tiene dentro, como si la causa mecánica de mi deseo estuviera en el cuerpo adverso (soy parecido a esos chiquillos que desmontan un despertador para saber qué es el tiempo). Esta operación se realiza de una manera fría y asombrada; estoy calmo, atento, como si me encontraran ante un insecto extraño del que bruscamente ya no tengo miedo. Lo dice Barthes. Lo transcribo a propósito de una fotógrafa llamada Cynthia Isakson que retrata cuerpos ajenos desnudos. Desde el fondo de los tiempos el arte repite esta ceremonia: alguien se desviste, alguien lo pinta, dibuja, fotografía, filma. Es una ceremonia antigua y misteriosa. Sigue siendo misteriosa. En ella se esconden el deseo, el fetichismo, la curiosidad, la inocencia, la perversión, incluso la crueldad. En general, no se trata de cuerpos enteros sino de partes de cuerpos – de nuevo Barthes: ...las pestañas, las uñas, el nacimiento de los cabellos, los objetos muy parciales... -. Y la espalda, el vientre, los muslos. A veces vistos plenamente, otras veces apenas iluminados, otras veces parte expuestos a la luz y parte en sombras. Pero no hay aquí oficio de forense. No hay aquí indagación en lo muerto. Son cuerpos vivos pero no tendidos inmóviles al cirujano. Es otra cosa. Fijar en papel sensible una superficie para hacer sospechar lo profundo. El fotógrafo no se desnuda. No lo necesita. Al captar lo desnudo queda expuesto, en su más íntimo deseo, a los ojos del que contempla su obra. Queda más desnudo que el desnudo. Frío y asombrado: prepara sus lentes, vigila la luz, regula la sombra (todo viene de la luz, dijo Leonardo), sin la mínima excitación, pero lo que observa a través del visor le produce admiración. ¿Por qué hacer público lo privado? ¿Por qué colorear, porcelanizar, vitrificar al otro, llevar su imagen dentro de un artificio técnico hasta un recinto oscuro y allí, en secreto, volcarlo sobre un papel? ¿Por qué mostrar esa imagen a los otros, adherida a una pared, desnuda ante la mirada de los que no están desnudos y acaso jamás consentirían en estar desnudos ante extraños?





II

Desnudos, alotopía: transgresión de lo coherente. Suprime partes y deja que el observador imagine el resto. El que mira percibe la ausencia, completa, repone, imagina. A propósito: en 1970, el afiche de la película La infidelidad fue prohibido por la Municipalidad de Buenos Aires, aunque sólo se veía la cara de la protagonista, Elena Sedova, las autoridades dijeron que podría estar desnuda. Para los censores, si el resto se omite es por algo, siempre sucio, insano, amoral. El resto, piensan, debe ser algo impúdico, por eso lo ocultan. Vi revistas que exhibían cuerpos desnudos muertos. Mostraban las heridas mortales. Sus genitales estaban cubiertos. Necrofilia. Ya no alotopía, sólo una burda mancha de tinta sobre lo que no debe mostrarse. Nada de eso aquí, si una parte del cuerpo está oculta, en sombras, es para que el contemplador imagine. Si está iluminada es para dar cuenta de lo bello. Estamos rodeados de muertos, de muerte – escribió Artaud. La decisión es por lo vivo, por la vida. Y la vida reside en el cuerpo, en los cuerpos. Desnudos. Desobediencia a las clasificaciones tradicionales del plano. Segmentación. Sinécdoque. Comunicarse por Internet es algo milagroso, me dijo Cynthia una vez, pero no es posible tocar. Captar un cuerpo desnudo es, también, expresión de un anhelo de tocarlo. Ya convertido en huella luminosa, al decir de Peirce, incita al observador a tocarlo. Agita el deseo.

Publicado originalmente en : http://d-sites.net/barbarito/español/arteisakson.htm