sábado, julio 02, 2005


CARLOS BARBARITO
PUGA



No importa tarde si la dicha es buena – dice un refrán. Conocí tarde a Alejandro Puga y, si bien en este caso el refrán volvió a tener razón, y si otro refrán señala más vale tarde que nunca, me hubiese gustado conocerlo mucho antes. Mis amigos conocen de sobra mi compleja relación con el tiempo, que no elude angustias y ansiedades, al contrario. Me hubiese gustado conocer a Puga veinticinco años atrás, y no sólo por el hecho de que su amistad hubiese aliviado mi enorme soledad de aquel entonces, sino, sobre todo, porque su obra hubiese enriquecido sin duda una cotidianeidad signada por la desesperanza. Pero hace muy poco estuvimos frente a frente, en cierto bar de la Avenida Córdoba, y mientras conversábamos pensaba yo de qué modo ocurren las cosas, de qué manera misteriosa se dispone el universo –hasta podría haber un Dios o existir el unicornio, dice Borges- y, para mis adentros, insultaba al cosmos entero porque quien debiera haber conocido hace décadas recién estaba frente a mí un sábado, en una fría tarde de junio de dos mil cinco. Pero, ¿qué se puede hacer ante tamaña relojería, ante semejante mecanismo cuyos designios, pese a tanta cuántica y tanta relatividad, apenas si sospechamos? Lo acepto. Tuvo que ser una antología de poesía surrealista, idea de Floriano Martins, la que me dio el primer indicio de Puga, y tuvo que ser Floriano Martins, desde Brasil, el que me señaló cómo comunicarme con aquél, y tuvo que ser en una tarde de junio de este año el momento para reunirnos y comenzar un diálogo sobre mutuos sueños, pesadillas, obsesiones, alegrías y proyectos que, ansío, se prolongue y enriquezca.

No me rotules como artista plástico, me siento un poeta –me dijo. Me lo dijo porque lo incluí entre los plásticos en mi sitio en Internet. Y tiene razón. Puga es un surrealista –concepción del arte y el mundo que, pese a lo que digan muchos críticos, goza de muy buena salud- y, como tal, coloca la poesía en primer lugar, como elemento que engloba, sostiene y alimenta al arte todo. Sin poesía, entendiendo como poesía el soplo, el hálito, la vitalidad, la luminosidad, el arte deviene seco, mustio, desinflado. No son muchos los que saben hoy de esto, pero no son pocos los que sí lo saben –Puga es un ejemplo- y en ellos está otro destino para un arte que, en su mainstream, en su corriente principal, que los intereses se obstinan en convertir en hegemónica, se nos presenta adocenado, amaestrado, repetido, previsible. Y para ejemplos basta asistir a tantas muestras en las que se exhiben juguetitos a resorte, fotos Polaroid desenfocadas, piedritas de colores adheridas a las paredes, farolitos de papel; basta leer una literatura armada por los editores y ante la cual los escritores quedan reducidos a comparsa. Ante el estado de las cosas, el surrealismo sigue siendo una alternativa válida, Puga me lo reafirma, sobre todo su decisión de que el arte y la literatura deben superar los estrechos recintos a los que tradicionalmente fueron destinados para ser una visión integral del hombre y del mundo y herramientas para su transformación. Es decir, el arte y la literatura tienen que convertirse en poesía. No son la misma cosa poesía y literatura, el surrealismo optó desde el vamos por la poesía. Alejandro Puga es un surrealista, es un poeta.

En esta tarde primera de junio, descubrimos que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Aun si nos separaran gustos y preferencias, y hasta ideas de pensar la política, nos uniría la poesía. Sonreíamos cada vez que pronunciábamos un nombre al mismo tiempo: Hopper, O´Keeffe, Duchamp, Tanguy, Artaud, Ernst ... Nombres que nos revelan habitantes de una patria común. Y, ahora lo pienso, más allá de las bromas del universo que juega con el tiempo y, por ende, con nosotros, indican que recorrimos caminos paralelos y semejantes y que, aunque el cruce se diera de modo tardío, de algún modo, ya nos conocíamos, al menos nos sospechábamos, desde siempre. Es más: yo elegí como lugar de encuentro un bar llamado Jetro, sobre la Avenida Córdoba al 2900, y Puga, apenas llegó, me preguntó si era porque yo conocía su fascinación por Jethro Tull. Yo desconocía eso y, de algún modo, como en tantas otras cuestiones, lo sabía. De nuevo se cumple la magia cotidiana, de la que hablaba Breton: mínimos prodigios, que unos pocos con los sentidos alertas detectan, que tienen lugar alrededor de nosotros, a cada rato.

Ante mí tengo dos libros de poemas de Alejandro Puga: Apunte de eternidad, de 1988 y La inspiración del universo, de 1992. En la cubierta del primero, la fotografía de un objeto, titulado El principio del placer, diseñado por Mirta Ignacio y el propio Puga; en el segundo, tanto en tapa como en páginas interiores, obras de Kirín. Una palabra se me ocurre a propósito de la obra escrita de Puga: expansión. Término que me lleva a pensar en uno de los modelos de universo, en una de las teorías en vigencia a partir del Big-Bang. El cosmos poético de Puga es una infinita sucesión de elementos en expansión, como luminosas astillas de un gran vidrio que estalló en el fondo del tiempo. Estos componentes en vertiginoso viaje en todas direcciones están conformados por las más diversas sustancias que tienen los más diversos colores, olores, medidas y pesos. Es un mundo que no tiene ni pasado, ni futuro, ni presente, más bien donde pasado, futuro y presente semejan un inmenso telón de fondo o, mejor, un sólido de forma harto compleja, laberíntica, por el que las figuras del tiempo se mueven de manera indiferenciada. Así Heráclito vuela muy cerca de Sade, helechos prehistóricos se aproximan a un Venus resplandeciente.

Leo: el fuego es propiedad del agua. Sólo un poeta puede afirmar tal cosa. En cierto film alguien habla de agua que se quema. En realidad, en Puga, el fuego es propiedad exclusiva de cuanto existe. Relámpagos, cosas que arden, verbos que arden, llamas que deshace las miradas, detonaciones del placer, alelíes calcinados... Fuego es Eros y lo erótico, la más alta manifestación del fuego, aparece por doquier, de los modos más singulares y cambiantes: como fragancia de cama de amor, como largos cabellos saciados por los flujos del mar, como una bella elegida, como sed de truenos, como estuche de cartas amorosas... Esta apelación a lo erótico confirma una vez más la filiación surrealista de Puga, su apuesta por la más alta carga vital es, también, una apuesta al no a la represión y la cristalización de lo humano. Hay en el hombre, leí esto alguna vez, energías que le han sido sustraídas por el aparato, la sociedad. Y sobre todo lo erótico le ha sido arrebatado. El deseo en los poemas de Puga adquiere libertad y potencia, el poeta manifiesta a su modo su conciencia crítica ante lo que fija e inmoviliza. No es otra la intención de su universo en permanente movimiento, no es otra la significación de sus vastas manifestaciones de energía.

El poeta es un permanente insatisfecho. Su meta es lo desconocido, lo maravilloso, lo soñado, sus herramientas son el azar, la alucinación, el delirio. Lejos estamos del talento, como faceta del ingenio y la lógica, cerca estamos, con Puga, del ensueño, del juego desinteresado, vía hacia la más alta libertad.

Alejandro Puga hace rato emprendió esa ruta, los ojos bien abiertos, despeinado y descalzo.

San Miguel, Buenos Aires, 29 de junio de 2005.