miércoles, diciembre 06, 2006

Poemas inéditos

SIETE INVIERNOS

(A Alejandro Puga)

…And wingless truth and larvae lie
And eyeless hope and handless fear…

Edith Sitwell



I


¿El viaje aún? ¿ Partir
hacia lo que se desconoce?
¿A bordo de qué tren
o barco, de a pie? ¿Es posible
todavía, tiene algún razón,
algún sentido? ¿O sólo
queda la conformidad de estar vivo,
de respirar, de recordar
que una vez hubo y ahora no hay?
¿Puede constituir eso
la vida y no la sed de mar
en pleno desierto, el sueño
de mujer entre sombras,
de música en medio del silencio?

II


Pero está el fuego, que purifica. Y
la oscura verdad bajo el cieno.
Alguna mínima virtud luego de la vergüenza.
Horas en la oscuridad y un instante
ante una luz que enceguece.
Lo que se sabe y lo que se ignora.
La astilla, la paradoja, el acicate.
La mano amasa lo que la boca no comerá.
La boca muerde lo que debiera besar.
Oscuros pescadores en quemados arenales.
Oscuros náufragos en patios de cemento.
Qué surge de la tierra.
Qué orbita el cansancio.
Qué se hunde en la ceniza.


III


A través de la grieta el ojo descubre
lo que ya sabían los muros,
las raíces. Y es inútil la palabra.
Y es vano el juego del niño en el barro.
Porque al fin nada obtiene de si
el alimento, nada alcanza
lo que persigue, nada se transfigura.
Hasta el aire tiene peso.
Hasta los bailarines mueren en el fuego.
Hasta el pez acaba en la red o en la teología.


IV


¿Cómo debo llamarla? ¿Hermana,
máscara, hocico de lobo,
pozo o tejado, reflejo, laurel,
demonio? Siento
que cualquier palabra puede hacerlo
pero que ninguna puede alcanzarla
allí donde nace y consiste.
Huye, se extravía en la niebla.
Está detrás de mí, en el espejo.
Vive en una altura indefinida, inmedible.
No tiene peso, torna inútil la balanza.

V


Se helarán nuestras memorias
cuando la tierra que pisamos esté seca.
Se helarán ante nosotros las olas,
la Vía Láctea, el libro, el relámpago.
¿Cómo evitarlo? ¿Cómo
evitar que nos suceda
lo que va a sucedernos?
¿Por qué en toda playa,
cuando atardece, un cadáver de pez
y entre las galaxias, un galaxia oscura,
que ya no emite sonido ni luz?
¿Por qué no pueden ser eternos
el movimiento del nadador entre las olas,
el aroma de las rosas en el jardín,
nuestras imágenes reflejadas en charcos y espejos?

VI


Sumerge la mano en la sombra
y la cree, por un momento, agua.
No sueña.
Sueña con un maniquí bajo la lluvia.
Muere y despierta en la misma cama,
bajo la misma frazada.
Afuera, abejorros entre las flores,
lejanos ladridos de perros,
que no ve ni oye.
Al alba, como siempre,
habrá un llamado que no atenderá
y, del otro lado, de nuevo,
tal vez por última vez,
una boca pura, una música celeste y pura:
por qué no vamos al mar,
por qué en el mar no nos desnudamos.


VII


Ésta es la casa. No es sólo fe,
ni sueño, ni voluntad, ni deseo.
Es ardua y dura materia:
una piedra sobre otra,
días y noches, durante años.
Una sombra adentro de un trapo
no basta como amante o hermana;
¿nacerá lo deseado del fondo de la tierra,
al cabo de estas horas,
cuando más arrecie la tormenta?
¿será entonces la edad propicia,
el momento para tener hambre y sed
y encontrar con los ojos cerrados?


APROXIMACIONES

I


¿Qué es de los muertos? No sudan,
ni tributan, ni expectoran. Nunca tarde,
temprano, áureo, consolidado.
¿Arderá dentro de un rato el agujero,
una rata vendrá a alumbrar
con sus ojos el más ajado de los catecismos,
regresarán aquellas leves sábanas
en el mediodía de Túnez, de Chipre?
Es no. Es telón sin escenario, al pie de un improbable paraíso.
Es profecía que se vierte, para nadie.

Pero, ¿qué es de los vivos?


II

Cada cual con su lengua, su silla plegable,
su reloj detenido en una hora
anterior a la borrasca, su fruta preferida,
su modo de amar y cerrar la puerta.
Y cada uno con su desnudez,
personal, intransferible. Y
cierta amarga libertad,
cierta y dulce esclavitud,
un sitio en el interminable cortejo
que atraviesa las aguas
hacia una hipotética tierra firme.



III


Te amo – pero todo es sigilo y es borde,
pulpa sin atributo, alquimia
de polvo y óxido de llaves-
¿Sabemos más que el taxidermista,
el más torpe de los mecanógrafos,
de los pirotécnicos? –hacia
la orilla, la humedad, la pureza
o la mezcla, una trama que no conspire-
Vivimos, estamos en la vida,
en el viento que dispersa las hojas,
la ventana que da a una tosca pared de ladrillos,
un ajado libro que habla
de ciervos y codornices, que nunca vimos,
una baya que oscila entre secarse y madurar
mientras las bandadas se dirigen
hacia un Capistrano cada año más remoto.
Pero te amo, meditado o espontáneo,
una forma y otra forma
adquieren espesor y peso,
se sueldan con duradero estaño
justo cuando irrumpe cuanto aísla,
lo que corta el zurcido, el ya no importa.





UNA Y TODA PRESENCIA

Ella es su sacrificio y su criatura, puesto
que es todo Vestido del cual se ha despojado…

René Daumal

(Mujer en el tren)


No se alivia, no se torna más suave
y ligera; las ruedas giran
pero lo suyo no es un viaje.
Será, a lo sumo, breve transito
desde lo invisible hasta lo opaco
y, en medio, un dios flaco
que a duras penas arrastra su equipaje.
Pelo rojo, mínima capa de piel
sobre los huesos, una marca
en la frente: ella es
lo que se extravía ahora afuera
en el humo y de pronto
ya no tiene hermana ni madre.
No se cura, no obtiene
del aire el alimento; el paisaje
pasa veloz más allá de las ventanillas
pero lo suyo no es un viaje.
¿Y lo mío, que la observo
desde el otro extremo del vagón
y esto de ella pienso, lo es?




(Mujer con violonchelo)


Desde el cuarto contiguo,
madera y metal vibran,
como vibra al unísono su carne.
Sin desnudarse, de todo lo superfluo
se despoja. Armonía
que la hace a quien la crea
una entre todas las cosas
y convierte al resto en un espejo
que con distorsión
la refleja. Ahora
es un final de exilio
sobre cuerdas que regresan
al día anterior a las cenizas;
al oír puedo decir yo soy
en lugar de yo fui
y encontrar presencia
donde reinaba la privación, la falta.


(Mujer que pasa)

Súbito y fugaz maná sobre tierra extranjera,
en la que, desnudo y solo,
habito. Y de ello, por un instante, me nutro.
Breve luz que alumbra un lugar secreto.
Allí estoy, todavía inmóvil,
sucio, sin un nombre.

____________________


Ella: una mano en el agua de una fuente,
en la otra mano, una flor blanca
(en un ángulo,arriba, un cielo límpido,
llenode ligeras criaturas que no se ven
pero se presienten). ¿Una ilusión,
una fotografía perdida que aún recuerdo?
Pienso ahora en un menstruo
que ya no purificay en una hierba que se quema,
lejos, muy lejos.


(Mujer que baila)


En la belleza del número, allí
está ella, y está el gusto,
el sabor, la salud,
la tierra liberada de mal;
a cada giro, un teorema
que se resuelve, fluye natural,
entera, una oración
anterior a la gramática.


© Carlos Barbarito, 2006.