viernes, febrero 24, 2012

Tres poemas de mi libro en preparación "Paracelso y otros poemas"


Al  fin y al cabo, ¿qué merezco?..



A Luis Alberto Vittor



Al fin y al cabo, ¿qué merezco?

¿Soy, finalmente, digno de la alegría vocal,

la corriente indócil y pura, el viento

del Oeste, el seno henchido,

la bóveda consolidada o fluida,

la renovada niñez, la ascensión

en vapor, por encima de la niebla,

hacia el Estrato? ¿Qué

cardadura, matiz, constelado,

levedad, pasaje, gravedad merezco?

¿Acaso soy más que la piedra que rueda,

al paso del caballo, que el ave

que muda su plumaje de rojo a gris cuando se la enjaula,

que la última voz en el coro,

en el más remoto de los Ángelus,

en el más remoto y olvidado de los templos?

 


El agua, de arriba y de abajo, se reúne…


El agua, de arriba y de abajo, se reúne,
entre alas y ramajes, dispuesta a ser bebida;
el barro, que acabará siendo fruto,
todavía dormita indiferente al borde del camino.
¿Qué vibra en la hierba, qué se ciñe
al grosor de la antigua profecía en tubo,
fino conducto abierto en la trama
de tierra y cielo, suma de fronda y bandada?
¿A qué llamar hermoso, a qué erróneo,
dónde sopla el Este, con qué retardo o premura
si el viento parece venir de todas direcciones
y, en su espesor y altura, algo parecido al sueño
que no es sueño, nudo que se corre
hacia una perfección pura y en pleno camino,
sin una razón aparente, se desata?
Ocre, luego púrpura, rojo violáceo, tinta del molusco
hervida entre futuros paños que ya se agitan
como ya se tumba, entre destellos, tu rostro,
a la vez desnudo y críptico,
súbita caída celeste, escombro de estrella.


Qué eficacia tienen el perdón, la piedad


Qué eficacia tienen el perdón, la piedad.
El andén desde donde supe partir
es barrido ahora por el viento -arrastra
papeles, colillas, no mucho más que eso-.
Qué contiene bajo su ala cada hora del día
y de la noche, no consigue
alzarse del suelo hacia éste u otros soles;
una vez nos fue concedido un nombre
y por ese único nombre nos llamaron,
luego vino el olvido, después del enésimo plato
en la cena de las cenizas
cuando lo vasto se volvió breve
y lo breve se convirtió en infinito.
Qué perdón para la casa y quien la habita,
qué piedad para el que anda ciego
bajo las lluvias de estrellas;
como animales nos guiamos por el olor
y cuanto huele, a leche o a sangre,
en vez de orientarnos nos extravía.
Qué revelación esperar, qué chispa en el cobre.
La palabra metida en una ampolleta
guardada bajo cien llaves:
en qué momento hablar,
en cuál hacer silencio
para oír, antiguo e inmenso, el mar.